
Tiene el don de acariciar las palabras mientras desnuda el
pensamiento. Se toca. Se excita. Se masturba y entre los muslos de la poesía
escupe sus semillas. Le gusta. Le pone. Es un loco y un demente. Un tipo
singular, algo raro. María Soledad siempre su única compañera. Nunca sus manos
en plural. Entró en las palabras muy joven. Cerca del prescolar. En la
adolescencia un buen chaval, haciendo sus “pinitos” delante del micro. Ninguna
de las cabezas allí presentes le entendían, todas sus bocas reían. Fue
madurando con música de cuero y pelo largo, entre libros que nadie leía. Libros
descatalogados, fuera de las estanterías. Siempre detrás de la palabra. A veces
intentaba camelarla pero siempre se encontraba un punto y final. Con los años
se fue dando cuenta que todos los estados de ánimo y etapas de la vida se sanaban
cuando iba detrás de ella. Intentando enamorarla. Palabra que nunca pide nada a
cambio y deja por un rato liberar la mente. Le hace el amor a lapicero y a pluma.
Acabará corriéndose entre versos y frases sueltas. A su libre albedrío, en su
pensamiento desnudo a cal y canto, mirando fijamente al papel. Ojos en blanco y
carita de cordero degollado. Tiene ese don de acariciar la palabra.
Desde muy
pequeño supo que medio mundo se reía de él.
Ahora que es viejo, es él quien se
ríe del mundo entero.